
Llega con medio año de retraso, pero al fin se ha estrenado el último proyecto de Pixar.
Cars iba a ser la última producción de la compañía en ser distribuida por Disney, hasta que se llegó a
un acuerdo hace unos meses por el que Disney compraba a Pixar y con ello se autogarantizaba su futuro en el mundo de la animación digital (aunque, tras pagar 7.400 millones de dólares por ella, cabría replantearse quién compró a quién).
Sin embargo, lo cierto es que a pesar de que el estreno de toda película de Pixar es un acontecimiento por sí mismo, esta vez yo no las tenía todas conmigo. Una película sobre coches con vida no me producía muy buenas vibraciones. Y el hecho de que uno de los pocos directores y productores con cerebro de Hollywood, John Lasseter (
Toy Story 1 y
2,
Bichos), estuviese detrás no lograba curiosamente despejar el temor a que la película tomase la senda de la baja calidad por donde hace ya tiempo que vaga Dreamworks.
En efecto,
Cars es probablemente el filme más flojo de Pixar. Pero, ¡eh! ¿Acaso eso es malo? Por supuesto que no. Estamos hablando de la compañía que creó
Toy Story,
Buscando a Nemo o
Monstruos S.A.
Cars está lejos de ser la joya a nivel argumental o fílmico que es
Los Increíbles (el anterior proyecto de la compañía, y en mi opinión el mejor hasta la fecha), pero no es ni mucho menos una mala película como
Madagascar o
El Espantatiburones (bueno, vale, mejor
nefastas películas).
La película viene precedida, como ya
comenté hace un mes, por el trailer de la prometedora
Retatouille y la proyección del obligado corto de Pixar: en esta ocasión
One Man Band, o
El hombre orquesta en España, digno de Pixar pero más flojo que los brillantes
Pajaritos (previo a
Monstruos) y
Boundin' (antes de
Los Increíbles).
Cars nos habla de un coche de carreras, Rayo McQueen, que busca ganar su primera copa y ganarse la complacencia de mejores patrocinadores. Sin embargo, en un viaje a Los Ángeles dentro de su trailer acaba perdido en Radiador Springs, un pueblo olvidado de la famosa Ruta 66, que cruzaba EEUU de punta a punta. Allí se ve obligado a asfaltar la calle principal, peligrando por ello su asistencia a la última carrera de la Copa Dinoco (que es un guiño a la marca de gasolina que aparece en
Toy Story).

El principal problema de
Cars es que esa larga estancia en un páramo en medio del desierto crea una de falta ritmo, quizá intencionada, pero demasiado prolongada. Es evidente que se pretende confrontar la frenética actividad del mundo de las carreras con la vida en una aldea donde los habitantes (siempre coches) lo más entretenido que pueden hacer es mirar el parpadeo de la luz ambar del semáforo. Sin embargo, dado que toda la parte central del filme transcurre en ese lugar, hubiera sido buena idea alternar la trama principal con alguna secundaria que animara la cosa (quizá hubiera bastado con repartir a lo largo del metraje la idea de telediarios que narran la desaparición del bólido protagonista).
En cualquier caso,
Cars sigue plagada de geniales e inteligentes ideas, que auguran risas frecuentes y sonrisas casi constantes. Sin embargo, da la sensación de que muchas cosas debieron quedarse en el tintero.
El temido doblaje, finalmente es más que correcto. La aparición 'estelar' de Fernando Alonso, Hilario Pino o Iñaki Gabilondo es tan testimonial que en su mayoría ni son reconocibles. Antonio Lobato salva la papeleta interpretando adecuadamente al narrador de las carreras, como hace en la vida real con la Fórmula 1. Y el resto de personajes cuentan con las habituales voces no famosas (de esas que puedes reconocer por otros papeles, y no por su cara bonita) que tan buenos resultados dan siempre.
Mención especial a la hilarante reconstrucción (durante los créditos) de escenas de
Toy Story,
Bichos y
Monstruos protagonizadas por coches en sustitución de las criaturas originales. Ah, y también hay sorpresa al final.

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